Cuando la infancia deja de pertenecer al niño

Cuando la infancia deja de pertenecer al niño

Hay algo que me incomoda cada vez más cuando abro redes sociales. No es nuevo, pero sí cada vez más frecuente: niños y niñas creciendo delante de una cámara como si fuera lo más normal del mundo.

No hablo de una foto puntual, de un recuerdo compartido con familia o amigos en una cuenta privada. Hablo de otra cosa. De exposición constante. De contenido planificado. De menores que no solo aparecen, sino que participan activamente en algo que, en muchos casos, tiene una intención clara: generar impacto, visibilidad o incluso ingresos.

Porque cuando subimos la imagen de un niño a internet, no solo la ven familiares o personas cercanas. La ve cualquiera. Literalmente cualquiera. Y aunque incomode decirlo, entre ese “cualquiera” también hay personas con intenciones que no queremos ni imaginar.

No es alarmismo. Es realidad.

Y entonces me surge una pregunta incómoda:
¿en qué momento empezamos a ver esto como algo normal?

Porque no lo es.

Especialmente cuando hablamos de niñas. Niñas maquilladas, peinadas, posando, aprendiendo desde muy pequeñas a “verse bien”, a gustar, a proyectar una imagen hacia fuera. ¿En qué momento esto empezó a parecernos normal? ¿Para quién están siendo preparadas? Porque un niño no necesita aprender a posar. No necesita sentirse observado. No necesita construir su valor en función de cómo se le percibe.

Necesita ser.

Pero cuando hay una cámara constante, ese “ser” empieza a condicionarse. Poco a poco, sin grandes discursos, se va instalando la idea de que hay una forma correcta de mostrarse, de que hay una audiencia, de que hay una respuesta externa que importa. Ahí ya no estamos hablando solo de compartir, sino de algo más cercano a convertir la infancia en producto.

Y ahí entramos en un terreno delicado.

Más aún cuando esa exposición no es inocente, sino que forma parte de una estrategia de contenido. Cuando hay colaboración con marcas, ingresos, crecimiento de seguidores. Cuando, en la práctica, la imagen de ese menor está generando beneficios.

Y esto, aunque cueste decirlo, está bastante normalizado.

Se aplaude, se comparte, se comenta con naturalidad. Incluso se admira. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que no se ve: qué impacto puede tener a largo plazo, qué huella deja en la forma en la que ese niño se percibe a sí mismo, o qué pasará cuando crezca y no haya elegido nada de eso.

Porque entonces la pregunta ya no es solo educativa o emocional. Es ética.

La infancia, por definición, debería ser un espacio protegido.

Un lugar donde poder equivocarse sin testigos, donde experimentar sin la presión de estar siendo observado, donde construir una identidad sin la necesidad de proyectarla hacia fuera. Pero cuando hay una cámara constante, algo cambia.

Un niño no entiende lo que implica estar en internet.

No puede imaginar quién va a ver ese vídeo dentro de unos años, ni cómo puede circular su imagen, ni qué lectura harán otros de su comportamiento. No puede decidir. Y, sin embargo, su vida digital empieza a construirse sin él.

Ahí es donde creo que está el verdadero problema. No es solo la exposición. Es la falta de conciencia sobre lo que significa exponer.

Porque crecer sabiendo que hay una cámara puede no ser inocuo. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, se introducen mensajes muy sutiles: que hay que “salir bien”, que hay formas de comportarse que gustan más, que la imagen importa, que hay una audiencia mirando. Y eso, en una etapa donde se está formando la identidad, pesa.

Porque internet no olvida.

Y la identidad digital, aunque se construya sin conciencia, permanece.

Un niño es una persona en pleno desarrollo, con derecho a la intimidad, a equivocarse sin testigos, a crecer sin sentirse observado y, sobre todo, a decidir en el futuro qué quiere mostrar de sí mismo. Quizá el problema no es solo lo que se comparte, sino lo poco que pensamos en las consecuencias de hacerlo.

No se trata de demonizar las redes sociales ni de señalar a las familias desde un lugar de juicio. Se trata de algo más básico: de asumir que no todo lo que es posible es adecuado. Que hay límites que no deberían depender del algoritmo ni de la aceptación social.

Quizá el problema no es solo lo que se comparte, sino la mirada colectiva que lo sostiene. Hemos normalizado tanto la exposición que a veces cuesta ver dónde está la línea. Y cuando hablamos de menores, esa línea debería ser mucho más clara.

Hay algo que no deberíamos perder de vista: un niño no necesita ser visto por miles de personas para desarrollarse. No necesita validación externa para construir su identidad. No necesita aprender a gustar.

Un niño necesita espacio. Intimidad. Protección.

Y eso, hoy en día, también implica saber cuándo apagar la cámara.